TEXTOS

PNEUMA por Miguel Cereceda
Toda la cultura occidental se alimenta de la idea de que el principio vital es el aliento. Todavía seguimos dando ánimo a los deportistas y diciendo de un moribundo que “exhaló”, queriendo significar que perdió la vida, como si el hálito o el aliento fuesen su verdadero soplo vital. La relación directa entre la respiración y la vida estableció en la tradición antigua la convicción de que el principio vital tenía que ser necesariamente algo “espiritual”. Pero, lo mismo que “spiritus” no era en realidad más que la respiración, el “animus”, que da lugar tanto a nuestro “ánimo” como a nuestra “alma” no significaba otra cosa diferente que el “aliento”. La propia palabra griega con la que se designaba el alma (psiqué) no es en realidad más que un soplo, de modo que finalmente toda psicología debería ser en realidad una pneumatología. Servirse entonces de la imagen del pneumático para ejemplificar el destino de la vida contemporánea puede no ser solamente una metáfora. Mareta Espinosa ha pintado una soberbia serie de neumáticos abandonados en un vertedero. Los neumáticos aparecen en sus
cuadros como cuerpos despojados, como cadáveres hediondos, abiertos por su centro. Imagen del despojo y del abandono, pero imagen también de la condición humana. Cuerpos sin vida –sin alma–, acumulación de cadáveres y restos, imagen y sombra de nosotros mismos. Puede que la visión del vertedero suscite en nosotros la melancolía por las patologías de la Modernidad. El destino del consumo compulsivo y la destrucción medioambiental parecen encontrar allí su moraleja final. Frente a las seducciones de la publicidad y los escaparates de la producción, el vertedero ejemplifica el resultado objetual de la fascinación consumista. Sin embargo, la dignidad moral que Mareta Espinosa le otorga a sus imágenes, convierte estos despojos arrojados en emblemas de la propia condición humana. Sus apilamientos de neumáticos nos hacen recordar aquel cúmulo de ruinas de la historia que contemplaba con estupor el ángelus novus de Paul Klee, según la bellísima lectura de Walter Benjamin. Si el arte contemporáneo no puede ya proporcionarnos consuelo ni gratificación puede y debe al menos seguir convocando la imagen de la desolación y la derrota, no para mostrar que no hay redención ni salvación posibles, sino para recordarnos la tormentosa verdad que debe seguir sacudiendo a nuestro tiempo: la del fracaso en la realización racional de una sociedad igualitaria, libre y justa. Carentes de vida, sin pneuma y sin alma de ningún tipo, los neumáticos arrojados y amontonados en el vertedero, ejemplifican entonces en su desolación el signo dramático de nuestro tiempo. Sólo siendo fieles a la amarga realidad de este fracaso podemos acariciar todavía la esperanza en la posibilidad de una humanidad reconciliada. Tal vez se trate de un nuevo mesianismo, pero estos cuerpos yacentes aquí, sin vida, esperan también un día ser resucitados.

LAS RUINAS ANTICIPADAS por Carlos Jiménez

¿Estamos abocados al ocaso definitivo de la sociedad del automóvil? El vehículo totémico que más que transportarnos moviliza nuestras fantasías de dominio y de poder ¿está condenado por fin a desaparecer? Se lo cargará el agotamiento del petróleo o el triunfo definitivo de la conciencia ecológica? O morirá del infarto de ese colapso circulatorio universal imaginado por Julio Cortázar en su relato En la autopista sur? No puedo saberlo. Si se en cambio que Mareta Espinosa se ha hecho cargo de estas inquietantes premoniciones poniendo su ojo, virtuosamente instruido por la pintura, en esos cementerios que todavía funcionan como eslabones de la cadena que permite reciclar las ruedas desechadas para retroalimentar el sistema entero de la industria automotriz. Ella asume que esos amontonamientos informes son los heraldos y la forma anticipada de las ruinas de la sociedad del automóvil, aunque aún no esté consumada y aunque ellos no ostenten todavía la dignidad de las ruinas ilustres a las que concedemos el privilegiado estatuto de testigos mudos de la Historia. Así, con mayúsculas.

A CUALQUIER PARTE por Mareta Espinosa
Desde 2009 mi trabajo se ha visto inmerso en los cementerios de neumáticos, donde las ruedas usadas de todo tipo de vehículos, esperan a la cadena de reciclado que les permitirán seguir siendo parte de la idea para la que fueron concebidas. El trayecto, el viaje, el traslado a cualquier otra parte.

En cada rueda se vislumbra una vida diferente, el neumático desgastado por cientos de kilómetros que seguramente han servido en muchas ocasiones para ir desde un domicilio a una oficina y deshaciendo la rutina a algún que otro viaje soñado y porqué no, también alguna ilusión fallida. La historia de sus ocupantes al emprender un viaje de negocios, de placer, el viaje soñado hacia un lugar distinto al propio y que les llevará a cualquier otra parte.

En los neumáticos usados puedo evocar aquello que transportaron, la rutina por una parte, las ilusiones por otra y ahora convertidos, con la sobriedad de su color, en la amalgama de esperanzas que habrán de realizar durante la vida útil que de nuevo les aguarda. La rueda de la vida vuelve a girar, a rodar a cualquier otra parte.