Un bar de carretera

Cuento publicado en el libro Cartílagos de Tiburón.

https://www.amazon.es/Cartílagos-Tiburón-Enrique-Páez-Mañá/dp/8492153199

UN BAR DE CARRETERA, Mareta Espinosa.

En el momento en que las ruedas del coche se quedaron bloqueadas entre las vías, María se dio cuenta de lo que había estado a punto de hacer. Forcejeó durante un rato con el volante y no tuvo la fuerza suficiente para sacar el coche de donde ella misma lo había metido. Salió del BMW lo antes que pudo, dejándolo entre las vías del tren.

En la húmeda noche, intentó correr. Tambaleándose y dando traspiés, se encaminó hacia las luces lejanas de un bar de carretera. Manchada de barro y con un corte en la mano que se había hecho con un trozo de cristal al levantarse de una sus reiteradas caídas, entró en el bar y se sentó en una mesa que había apartada de las miradas de la gente.

Juanjo, el camarero, la miró preocupado. Faltaban veinte minutos para la media noche y no quería ningún problema que le impidiese cambiar de turno.

-¿Has visto a esa? – le señaló con la cabeza a Juanjo uno de los clientes habituales.

– Parece como si hubiera venido andando –precisó otro de los parroquianos mientras apuraba lo que le quedaba en la copa.

-¿Pues a ver quién es el guapo que le dice que sin tomar algo no se puede quedar aquí a pasar la noche? –preguntó Juanjo sin esperar que nadie le respondiera.

En ese momento, entró Santos que acababa de aparcar el camión frente al bar.

-Menuda nochecita –protestó al entrar- ¿os habéis enterado de lo del tren? está lleno de policía y hay como poco diez ambulancias, así que ha debido ser algo gordo. Han cortado la carretera y he tenido que tomar un desvío para poder llegar hasta aquí.

Juanjo ponme mi bocata de tortilla y la birra –dijo señalando los bocadillos del otro lado de la barra.

María a pesar del zumbido continuo que le golpeaba la cabeza, se dio cuenta que hablaban de algo que le concernía. Cambió ligeramente de postura, lo suficiente para que el camionero reparase en ella y preguntase a Juanjo:

-¿De donde ha salido esa? ¿Lleva mucho tiempo así?

-No sé cuanto, pero lleva ya un rato.

El camionero siguió mirándola, acodado en la barra, mientras empezaba a tomarse el bocadillo que Juanjo acababa de dejarle junto al botellín de cerveza. Se fijó en las manchas de barro de sus piernas y el sucio abrigo que todavía llevaba puesto. Mientras daba otro mordisco a su bocadillo se fijó que debajo de las manos que tenía apretadas encima de la mesa, empezaba a formarse una mancha de sangre. Dejó el bocadillo encima del mostrador y se dirigió inmediatamente hacia la mesa donde estaba  sentada María. Le tocó el hombro, pero ella no se inmutó. No parecía darse cuenta de nada a pesar de que la estaba zarandeando

-Esta va a ser una de los del accidente del tren –sentenció el camionero y dirigiéndose a los que estaban apoyados en la barra preguntó- ¿Sabe alguien como ha llegado esta mujer aquí?

-Entró y sin decir nada se sentó en esa mesa –  contestó Juanjo que se había acercado a ver que pasaba.

-Corre y llama a la Guardia Civil –dijo el camionero haciéndose cargo de la situación- Que venga alguien a recogerla, no vaya a palmarla aquí.

 Juanjo volvió otra vez detrás de la barra y llamó apresuradamente a la Guardia Civil, mirando  preocupado el reloj. Las doce pensó, y todavía no había llegado Andrés para relevarle de su puesto. Cuando contestaron y consiguieron enterarse de lo que les estaba contando, le comunicaron que enseguida enviarían una dotación y una ambulancia.

– Ya vienen – informó Juanjo mientras volvía al círculo que se había formado alrededor de donde se encontraba sentada María.  

-¿Cómo se le habrá ocurrido venir aquí después del accidente? –dijo Santos, dando por hecho que venía de allí, mientras le curaba la herida de la mano. Había ido al camión a por su botiquín y con delicadeza  le estaba desinfectando la herida.

-Oí que alguien después de empotrar el coche en un árbol  se había ido  andando hasta el pueblo más cercano –contó uno de los que rodeaban a María-  y después de entrar en la iglesia se tumbó en un banco  y allí  el sacristán se lo encontró fiambre al día siguiente.

De forma espontánea se había formado una tertulia alrededor de la accidentada, donde cada cual se puso a contar  algún accidente mortal que había visto, sin escatimar detalles escabrosos sobre el estado de los cuerpos mutilados en medio de la carretera.

Aunque veía a esos hombres hablando animadamente alrededor suyo, María no les podía oír, apenas podía pensar. Esa noche durante una fuerte discusión, en la que había amenazado a Pepe con quitarse la vida en cuanto saliese de casa, éste la había pegado, como siempre.

-No serás capaz –le había dicho él en tono despectivo. El mismo que había estado utilizando durante toda la semana  en la que ella le había estado contando sus planes para empezar a trabajar otra vez.- Ahora que no nos falta de nada, se te ocurre que quieres volver a trabajar. Podías haberlo pensado antes ¿No?

María que había ido perdiendo poco a poco su dignidad, su identidad, sintió que tenía que hacer algo fuera de las cuatro paredes de su casa. No podía aguantar ni un día más sin hacer otra cosa que ocuparse de que la asistenta limpiase el polvo de los muebles y esperar a que su marido volviera ese día a casa de buen humor.  Quería empezar a hacer algo por si misma y no pensaba que pudiera ser tarde.

Pepe tenía razón, no había sido capaz de quitarse la vida, en cuanto imaginó qué  podía ser  arrollada por el tren, se amedrentó. Pero no quería volver a su casa. No quería que su marido volviera a pegarla. No quería volver a ver a su marido.

-…entonces  la amante le había preparado la coartada y consiguió así deshacerse de la mujer. – escuchó decir María a uno del grupo que seguía rodeándola.

María empezó a escuchar frases sueltas. La tertulia había tomado forma y se habían añadido más participantes de los que iban entrando  en el bar. Seguía sin poder entender el significado de la conversación que se había animado cada vez más. Santos se había dado la vuelta y estaba recogiendo las vendas y el desinfectante que había usado y se disponía a marcharse. Nadie prestaba ya atención a María, por eso cuando se levantó y siguió sigilosamente a Santos hasta el camión, nadie se dio cuenta. Este abrió la puerta de la cabina y subió a dejar el botiquín, sin cerrar la puerta, bajó a comprobar el cierre de la carga que le había estado dando la lata durante los últimos días. Ese fue el momento en que María aprovechó para trepar hasta la cabina y meterse en el fondo, donde tapada por una de las mantas que había revueltas en el interior, pasaría desapercibida por lo menos hasta que el camionero volviera a pararse a descansar en el próximo bar.