Pneuma-jueves, 3 de marzo de 2011

Pneuma-jueves, 3 de marzo de 2011

Pneuma

Toda la cultura occidental se alimenta de la idea de que el principio vital es el aliento. Todavía seguimos dando ánimo a los deportistas y diciendo de un moribundo que “exhaló”, queriendo significar que perdió la vida, como si el hálito o el aliento fuesen su verdadero soplo vital. La relación directa entre la respiración y la vida estableció en la tradición antigua la convicción de que el principio vital tenía que ser necesariamente algo “espiritual”. Pero, lo mismo que “spiritus” no era en realidad más que la respiración, el “animus”, que da lugar tanto a nuestro “ánimo” como a nuestra “alma” no significaba otra cosa diferente que el “aliento”. La propia palabra griega con la que se designaba el alma (psiqué) no es en realidad más que un soplo, de modo que finalmente toda psicología debería ser en realidad una pneumatología. Servirse entonces de la imagen del pneumático para ejemplificar el destino de la vida contemporánea puede no ser solamente una metáfora.
Mareta Espinosa ha pintado una soberbia serie de neumáticos abandonados en un vertedero. Los neumáticos aparecen en sus cuadros como cuerpos despojados, como cadáveres hediondos, abiertos por su centro. Imagen del despojo y del abandono, pero imagen también de la condición humana. Cuerpos sin vida –sin alma–, acumulación de cadáveres y restos, imagen y sombra de nosotros mismos.
Puede que la visión del vertedero suscite en nosotros la melancolía por las patologías de la Modernidad. El destino del consumo compulsivo y la destrucción medioambiental parecen encontrar allí su moraleja final. Frente a las seducciones de la publicidad y los escaparates de la producción, el vertedero ejemplifica el resultado objetual de la fascinación consumista. Sin embargo, la dignidad moral que Mareta Espinosa le otorga a sus imágenes, convierte estos despojos arrojados en emblemas de la propia condición humana. Sus apilamientos de neumáticos nos hacen recordar aquel cúmulo de ruinas de la historia que contemplaba con estupor el ángelus novus de Paul Klee, según la bellísima lectura de Walter Benjamin.
Si el arte contemporáneo no puede ya proporcionarnos consuelo ni gratificación puede y debe al menos seguir convocando la imagen de la desolación y la derrota, no para mostrar que no hay redención ni salvación posibles, sino para recordarnos la tormentosa verdad que debe seguir sacudiendo a nuestro tiempo: la del fracaso en la realización racional de una sociedad igualitaria, libre y justa.
Carentes de vida, sin pneuma y sin alma de ningún tipo, los neumáticos arrojados y amontonados en el vertedero, ejemplifican entonces en su desolación el signo dramático de nuestro tiempo. Sólo siendo fieles a la amarga realidad de este fracaso podemos acariciar todavía la esperanza en la posibilidad de una humanidad reconciliada. Tal vez se trate de un nuevo mesianismo, pero estos cuerpos yacentes aquí, sin vida, esperan también un día ser resucitados.

Miguel Cereceda

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